Entre la emoción y la memoria, nace la verdadera historia.
Leer es recordar. Escribir es sanar.

Sally Santiago, autora de novelas históricas

Bienvenida al universo literario de Sally Santiago, autora de novelas históricas que entrelazan emoción, memoria y verdad. Su obra revive a mujeres que fueron silenciadas por el tiempo, dándoles voz y fuerza a través de una narrativa intensa, humana y profundamente evocadora.

En Tierras de Lindisfarne

Una historia de supervivencia y fe en plena Edad Media.

El Secreto de Magius

Un thriller monástico donde arte, misterio y feminismo se entrelazan.

Tú y tus emociones

Una guía para adolescentes sobre autoestima y salud emocional.

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Leer a Sally Santiago es sumergirse en mundos ricos en matices, donde lo histórico se convierte en humano. Sus libros no solo cuentan historias: las hacen sentir.

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Fragmento de “En Tierras de Lindisfarne”

(Capítulo 1)

Aquel amanecer no trajo nada nuevo, o eso pensó Genevieve mientras miraba el techo de su alcoba
con los ojos muy abiertos. El día comenzaba igual que los anteriores: tedioso, sin promesas. Su
expresión, al principio expectante, se desvaneció en un gesto de hastío.
Afuera, el sol caía sobre los muros del castillo como un presagio de calor y aburrimiento.
Sin embargo, una idea la sacó del letargo. Se incorporó de un salto, con una chispa traviesa en la
mirada.
—Edwina—llamó, volviéndose hacia su doncella—. Vamos a jugar. Me escondo y tú me buscas.
¿Entiendes?
La joven sirvienta, que alisaba una tela junto a la ventana, alzó la mirada, nerviosa. Sus manos
comenzaron a temblar.
—Pero…hay un lugar del castillo donde no debemos entrar— murmuró, sin atreverse a mirarla del
todo.
Genevieve alzó una ceja, intrigada.
—¿Ah, ¿sí? ¿Y por qué no?
—Dicen que allí vive un fantasma— confesó Edwina.
Genevieve dejó escapar una risa burlona.
—¿Un fantasma? ¡Qué tontería! No existen los fantasmas. Y voy a demostrártelo.
Edwina palideció, sus labios temblaban en busca de una réplica que no llegó a tiempo.
Antes de que Edwina pudiera protestar, Genevieve la tomó del brazo con firmeza y tiró de ella,
decidida.
—¡Vamos!
Las dos jóvenes avanzaron a tientas por los pasillos del castillo, dejando atrás las zonas familiares y
bien iluminadas.
A cada paso, el aire se volvía más denso, más frío. Al doblar una esquina, el corredor se estrechó. La
luz apenas lograba filtrarse.
—No me gusta esto…— susurró Edwin.
Genevieve no respondió. Sus ojos brillaban, fijos en lo que había más allá.
Las sombras se cerraban a su alrededor. El suelo era irregular, y sus pasos resonaban como un eco
inquietante. El pasillo terminaba en una puerta apenas visible.

Genevieve la empujó. Un crujido rompió el silencio, tan agudo que ambas jóvenes contuvieron el
aliento.
Del otro lado, había un espacio reducido y sofocante, con el techo bajo y las paredes cubiertas de
moho. En el centro, una rejilla oxidada se hundía en el suelo de piedra. Genevieve se inclinó para mirar
a través de ella.
—¿Qué veis? — preguntó Edwina con un hilo de voz.
Genevieve no respondió de inmediato. Sus ojos, fijos en la oscuridad bajo la rejilla, se abrieron de par
en par.
Entonces, retrocedió con un jadeo.
—¡Hay…algo ahí!
Edwina se acercó a regañadientes con pasos vacilantes. Cuando sus ojos se acostumbraron a la
penumbra, soltó un grito ahogado al contemplar los restos de un cuerpo: huesos, jirones de tela, y un
cráneo con la boca abierta como si aún gritara.
Ambas retrocedieron, con el corazón latiendo como un tambor desbocado. Sin decir ni una sola
palabra, se tomaron de la mano y corrieron por los pasillos como si algo invisible las persiguiera,
golpeándose contra las paredes y tropezando con las piedras del suelo. El frío les rozaba la piel igual
que un aliento maligno.
No se detuvieron hasta llegar a los aposentos de Genevieve.
Dentro, la joven se dejó caer en una silla, jadeando. Edwina, con el rostro desencajado e incapaz de
contenerse, abrió la puerta y llamó frenéticamente:
—¡Padre! ¡Reverendo Padre!
Entró un hombre, con el rostro curtido por los años y un andar sereno. Un crucifijo colgaba de su
cuello, y sus dedos acariciaban el grueso cordón con devoción.
—¿Qué sucede?
—Lo he visto…— balbuceó Edwina—. ¡Lo he visto con mis propios ojos!
El sacerdote guardó silencio por un instante. Sus ojos se posaron en Genevieve, que permanecía
rígida en su asiento, pálida.
—Lo sé, niña. Lo sé— dijo al fin con una voz que arrastraba años de silencio.
Genevieve lo miró, perpleja.
—¿Qué sabéis, Padre?
El hombre suspiró. Sus ojos parecían oscurecidos por un peso invisible.
—Ha llegado el momento de que conozcáis la verdad. Una verdad que vuestro padre ha intentado
ocultaros desde hace años. Y no estoy seguro de que estéis preparada para escucharla. Una vez que os
lo revele, ya no habrá marcha atrás.

Edwina se tapó la boca para sofocar un grito. Genevieve se mantuvo inmóvil, sin parpadear. No
apartó la mirada del sacerdote.
Afuera, los primeros rayos de sol comenzaban a bañar las torres del castillo.

***

El hermano Wilmer cerró los ojos, en un intento por aislarse de la persistente voz del hermano
Alvar.
—¿Alguna vez habéis deseado salir de aquí? — preguntó éste, con esa mezcla de ansia y
desesperación que le era tan habitual.
Wilmer suspiró. Sabía lo que venía detrás. Lo sabía porque lo había oído mil veces, palabra por
palabra. Sin embargo, Alvar siempre lo repetía como si fuera la primera vez, como si no pudiera respirar
hasta hacerlo.
—¿Podéis imaginarlo, hermano Wilmer? Correr bajo la lluvia, chapotear en los charcos, sentir el
barro entre los dedos.
Alvar se apoyó contra la pared de piedra, y miró por la ventana.
—¿No sería eso…libertad?
Wilmer abrió los ojos. Lo observó sin decir nada.
Afuera, la niebla se arremolinaba como un manto espeso, cubriendo el paisaje.
—Y las estrellas— —continuó Alvar, sin apartar la vista—. ¿Nunca habéis querido contarlas?
Hablarle a la luna, y confesarle vuestros secretos, todo lo que no podéis decirle a nadie.
—Hermano…
—Y el amor—le interrumpió Alvar, girándose hacia él con los ojos encendidos—. No me refiero al
amor de Dios. Hablo del amor entre un hombre y una mujer. De esa pasión que te consume, que te
hace olvidar quién eres.
Wilmer lo miró en silencio.
—¿Nunca lo habéis deseado? —insistió Alvar, con la voz más baja, más rota.
No hubo respuesta. Solo el leve crujido del banco de madera cuando Alvar se dejó caer sobre él,
tapándose la cara con las manos.
—Yo sí. Yo lo deseo cada día.
Su voz tembló.
—Y no sé cómo seguir aquí. A menudo siento que estoy muriéndome por dentro.
Wilmer bajó la mirada. Le dolía verlo así. Alvar parecía a punto de echarse a llorar, pero, ¿qué podía
decirle?

—-La vida es dura, hermano Alvar—dijo en voz baja—. Hay cosas que no podemos cambiar. Vos
mismo sabéis por qué estáis aquí.
Alvar alzó la cabeza.
—¿Y vos? —preguntó—. ¿Vos queréis estar aquí?
Wilmer desvió la mirada. Los muros del monasterio parecían más altos esa noche. Más gélidos. Más
asfixiantes.
—Yo también pensé que algo cambiaría—susurró—. Pero la verdad es que…no cambió nada.
Durante unos segundos, no se oyó nada más. Ni pasos, ni cantos, ni el sonido del viento. Solo ese
silencio denso que pesaba como una losa.
Alvar se puso en pie y salió de la sala sin mirar atrás.
Wilmer permaneció sentado, con los hombros hundidos. Luego se levantó despacio y volvió a su
celda. Se tumbó sobre el lecho.
Llevaba semanas con dolores de espalda, y la vista cada vez le fallaba más. Pese a su juventud le
costaba leer, y a menudo tenía que inclinarse tanto sobre los pergaminos que el olor a tinta parecía
grabarse en su cerebro.
Cerró los ojos, y esperó que pronto llegase el sueño. Sin embargo, ahora era distinto. Ya no
encontraba paz ni en las oraciones ni en la rutina. Porque no podía evitar soñar con ella.
No sabía por qué. Solo sabía que volvía. Siempre. Noche tras noche.
Se giró hacia la ventana. La niebla era cada vez más espesa, y la luna brillaba con un resplandor
fantasmagórico.
Wilmer suspiró, y cerró los ojos. Nada cambiaría para él. Nada.

***

El hermano Wilmer despertó de golpe, con el pecho agitado y la garganta seca, con un grito
atrapado en la garganta.
Su ropa estaba empapada de sudor. Su respiración era irregular, y sus manos, aún temblorosas, se
aferraban al lecho.
Otra vez el sueño.
Podía verla con absoluta claridad. Estaba de pie frente a él. Una joven de piel pálida, ojos de un azul
extraño, casi violáceo, y cabello negro.
Tenía una belleza inquietante. Sin embargo, lo que más le perturbaba era lo familiar que le resultaba
su rostro. Como si lo hubiera visto antes, como si se viera a sí mismo en un reflejo distorsionado.
A su lado estaba el mismo muchacho de siempre: de aspecto rudo, tosco, con las manos agrietadas
por el trabajo y ropa de campesino. Sus movimientos eran bruscos, incluso torpes.

La escena se repetía cada noche. Discutían. El muchacho sacaba de su alforja un libro pequeño,
cubierto de polvo y tierra. Pero Wilmer lo reconocía al instante. Era el Libro de los Evangelios. El
mismo que él había copiado durante semanas en el scriptorium, cuidando cada trazo, cada detalle.
Había volcado en ese trabajo toda su devoción, todo su esfuerzo. Letra a letra.
Y ante sus propios ojos, el campesino desgarraba la portada sin el menor remordimiento, como si no
valiera nada.
Wilmer quería entonces gritar, detenerlo, arrancárselo de las manos, pero su voz no salía. Tan solo
un jadeo ahogado.
Una mano se posó en su hombro con suavidad.
Se volvió sobresaltado.
Era Alvar. Lo miraba con el ceño fruncido, lleno de preocupación.
—¿Otra vez?
Wilmer asintió sin mirarlo.
—No es nada—murmuró, y esbozó una débil sonrisa.
Se giró en la cama, e intentó buscar una postura más cómoda. La tenue luz de la lámpara de aceite
proyectaba sombras en las paredes de piedra, dibujando figuras que parecían moverse con vida propia.
Sus ojos vagaron por la habitación hasta detenerse en el hermano Darren. Estaba despierto. Sentado,
y con algo pequeño entre las manos. Lo apretaba contra el pecho con disimulo.
Wilmer entornó los ojos. Le costó un segundo identificar el objeto: un broche Femenino. Delicado,
dorado, con una pequeña piedra en el centro.
Darren lo sujetaba como si fuera un tesoro… o un secreto que no podía compartir.
Wilmer sintió una punzada de compasión. No estaba permitido tener pertenencias personales. Y
mucho menos, algo así.
Todos sabían que el abad revisaba los cuartos con una minuciosidad intachable. Si descubría el
broche, Darren lo pagaría caro.
Durante un instante, sus miradas se cruzaron. Darren contuvo el aliento, inmóvil.
Wilmer desvió los ojos hacia las vigas del techo, y fingió no haber visto nada.
El silencio que siguió fue casi palpable, tan solo roto por un leve suspiro de alivio.
Poco a poco, el dormitorio volvió a su rutina nocturna: los ronquidos de algunos hermanos y las
respiraciones profundas de otros.
La mayoría soñaba con alcanzar a Dios o con pasajes de las Sagradas Escrituras. Otros soñaban con
cosas más terrenales: una comida abundante, el calor de un fuego o los rostros de las familias que
habían dejado atrás.

Algunos imaginaban que al igual que hacía San Cutberto, se sumergían en el mar hasta el cuello para
cantar alabanzas al Señor, mientras las nutrias les calentaban sus pies entumecidos.
Wilmer no. Él ya no soñaba con Dios. Ni con el mar.
Él soñaba con ella.
Cerró los ojos, pero la imagen volvió a aparecer con fuerza. La muchacha. El campesino
desesperado. El libro roto.
Y esa mirada femenina que parecía atravesarlo, incluso en la vigilia.
Suspiró.
Podía mortificar su cuerpo.
Podía repetir oraciones hasta quedarse sin voz.
Pero no podía huir de ese sueño.
Y en el fondo, lo sabía. No era solo un sueño.
Era un mensaje. Y tarde o temprano, descubriría su significado.

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Voces de quienes han leído mis historias

Las palabras cobran vida cuando llegan al corazón del lector.
Estas son algunas de las experiencias de quienes se han sumergido en mis libros y han sentido, junto a mis personajes, el poder de las emociones, la historia y la esperanza.

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